22 enero 2016

¿Crepusculares o un amanecer sobre la décima?

Por: Jorge Luis Peña  Reyes

Luego de un caminar complicado en este sensible matrimonio que son producción y comercialización del libro, llega a La Villa Azul el poemario Crepusculares, premio Iberoamericano de la Décima Cucalambé 2013, de la joven autora Liliana Rodríguez Peña. Puerto Padre 1991.
La décima, esa estructura que impone el reto de la estrechez, no es un obstáculo para ella, que explosiona fácilmente sus límites a partir de pulmones bien estrenados en dominar con excelencia las dos vertientes de la estrofa.
Su nacimiento como cultora de esa cárcel  de aire puro*, devenida estrofa nacional, proviene de su niñez cuando la cátedra de repentismo Luis Rodríguez Almaguer la  acogió, bajo la tutela del profesor  Miguel Navarro Díaz que le ofreció los referentes literarios para un bagaje más completo. Y dio como resultado una joven, merecedora de los principales lauros del repentísimo cubano  y también con el  lauro mayor de la décima en Iberoamérica.
El Libro en cuestión, constituye un volumen que refleja preocupaciones de toda una generación de poetas jóvenes que apuestan por la honestidad como expresión, más allá de los artificios que puede imponer esta forma estrófica y que de hecho se ha permeado de ambientes culteranos, falaces.

En Crepusculares la angustia vallejiana ha sido transida por la ternura de una  mujer  que revisita los motivos de este y otros poetas con una voz auténtica hasta rebasar los modismos que autores en  las últimas promociones explotaron hasta la saciedad, me refiero específicamente al ambiente bíblico, no siempre asumido desde una apropiación íntima. A veces se adivinan estridencias que afectan la expresión individual de los poetas jóvenes. En Liliana las reminiscencias a esa joya de la literatura universal es una fuente, un depósito de sus cuestionamientos sobre la vida, Dios con un equilibrio que termina siendo canto y no estancia en el muro de las lamentaciones. 


La protección que se le  ha brindado a la décima, no siempre la ha favorecido cuando la convierte en una criatura única y separada del macrocosmo poético. 
La variedad  métrica del poemario nos libra de esa cancioncilla espineliana, que en ocasiones crea ruido. Liliana reclama  constantemente la atención, sin tiempo para que el lector se acomode a determinadas maneras de enfrentar el discurso poético.
Décimas asonantadas, endecasílabas, encabalgadas y hasta esas maneras que parecen antiguas de la glosa, adquieren en ella un sentido propio pese a esos préstamos que hace de poetas cercanos, y que practica alejada del vicio de repetir en ocho versos adicionales, los que en solo dos expresara con suficiencia el autor del exergo.
Acá las glosas toman el giro suyo, a veces lo niega, otra los contradice, pero finalmente le quedan como apoyaturas a eso que
otros sintieron de forma similar.
El dominio técnico, la candencia, la hondura filosófica y la construcción de la imagen, convierten a Crepusculares en un libro diferente, necesario.
  















 *Verso de Adolfo Martí fuentes

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